Instituto Jesuita Pedro Arrupe

Conciencia y Transformacion Social

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El Instituto Jesuita Pedro Arrupe de Conciencia y Transformación Social surge de la inquietud y el deseo de la Junta de Directores de nuestro Centro de Espiritualidad Ignaciana, de ayudar a todos aquellos que son los más necesitados en el área de la justicia social (espiritual, psicológica, económica y físicamente) de nuestra comunidad. 

Nuestro propósito es servir a la Arquidiócesis de Miami y ser una ayuda de reputación en las áreas anteriormente mencionadas. Nuestra mayor importancia es coincidir con los planes pastorales del arzobispo. Siguiendo las preocupaciones de Su Santidad el Papa Francisco sobre la justicia social y la paz en el mundo, esperamos servir a otros dentro del marco de referencia de la Espiritualidad Ignaciana.

Si usted necesita más información o desea ser miembro activo (para membresia pulse aqui) o quiere ser un donante del Instituto Pedro Arrupe, favor de comunicarse llamando al 305-596-0001 y hablar con la operadora o marcar la extensión 211. También puede escribir un correo electrónico a amuller@ceimiami.org.

 
 
 
En la tradición del P. Pedro Arrupe, S.J.

 Pedro Arrupe (1907-1991) fue el primer vasco desde San Ignacio en ser Superior General de los jesuitas.  Estudió medicina antes de entrar en la Compañía, y al acabar su formación fue enviado como misionero al Japón. Cuando se lanzó la bomba atómica en agosto de 1945, era Maestro de Novicios en una comunidad en las afueras de Hiroshima, y organizó la atención médica para muchas de las víctimas en la ciudad. Posteriormente fue nombrado Provincial de Japón y en 1965 elegido General de los jesuitas. Era un líder inspirador y es considerado por muchos el ‘refundador’ de la Compañía de Jesús a la luz del Vaticano II.  Fue un gran defensor de incluir la paz y la justicia como partes integrales del anuncio del Evangelio en el mundo moderno. Un poco antes de sufrir un derrame cerebral en 1981, fundó el Servicio Jesuita a Refugiados, que trabaja hoy en más de cincuenta países. 

 

En la tradición del Papa Francisco.

De nuestra fe en Cristohecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupaciónpor el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad. 

Unidos a Dios escuchamos un clamor

187. Cada cristiano y cada comunidadestán llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de lospobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto suponeque seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo.Basta recorrer las Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiereescuchar el clamor de los pobres: «He visto la aflicción de mi pueblo enEgipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos.He bajado para librarlo […] Ahora, pues, ve, yo te envío…» (Ex 3,7-8.10), y semuestra solícito con sus necesidades: «Entonces los israelitas clamaron alSeñor y Él les suscitó un libertador» (Jc 3,15). Hacer oídos sordos a eseclamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre,nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre«clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado» (Dt 15,9). Y lafalta de solidaridad en sus necesidades afecta directamente a nuestra relacióncon Dios: «Si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará suimprecación» (Si 4,6). Vuelve siempre la vieja pregunta: «Si alguno que poseebienes del mundo ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas,¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17). Recordemos tambiéncon cuánta contundencia el Apóstol Santiago retomaba la figura del clamor delos oprimidos: «El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que nohabéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a losoídos del Señor de los ejércitos» (5,4) …/.
La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia deviolencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También seríauna falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organizaciónsocial que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos quegozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sinsobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicacionessociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusiónsocial de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con elpretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para unaminoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están porencima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a susprivilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una vozprofética.

219. La paz tampoco «se reduce a unaausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. Lapaz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios,que comporta una justicia más perfecta entre los hombres» [179]. En definitiva,una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampocotendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formasde violencia.

220. En cada nación, los habitantesdesarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanosresponsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzasdominantes. Recordemos que «el ser ciudadano fiel es una virtud y laparticipación en la vida política es una obligación moral» [180]. Peroconvertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en elcual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo queexige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura delencuentro en una pluriforme armonía.

221. Para avanzar en estaconstrucción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad, hay cuatro principiosrelacionados con tensiones bipolares propias de toda realidad social. Brotan delos grandes postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, los cuales constituyen«el primer y fundamental parámetro de referencia para la interpretación y lavaloración de los fenómenos sociales» [181]. A la luz de ellos, quiero proponerahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de laconvivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias searmonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicaciónpuede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundoentero.”
(Exhortación Apostólica Evangeli Gaudium del Santo Padre Francisco)


En la tradición de Jesucristo.

Las bienaventuranzas estánen el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesashechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sóloa la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:

 

Bienaventuradoslos pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos seránsaciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos deDios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es elReino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira todaclase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
(Mt5,3-12).

 

 

 
 

 

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